Antonio Escorihuela

Fui un niño tímido y un joven acomplejado en busca de soluciones. La terapia conductual fue mi primera elección, pero tenía 19 años cuando sentí que ya no me servía; que tenía que haber algo más que me ayudara a sentirme mejor.

Por entonces, hablo de los inicios de la década de los ochenta, el yoga era una práctica desconocida que habían abrazado un reducido número de personas, digámoslo así, atípicas. De hecho, mi primera conversación sobre el tema fue con un hombre que era capaz de entrelazar los dedos de los pies, algo que me fascinó pero que, más allá de lo anecdótico, no tenía ni tiene importancia. Porque el yoga es algo más que posturas imposibles. Si me dejas, te iré contando de qué va.

El yoga es un modo de vida, una filosofía, pero no es excluyente. No tienes que renunciar a aquello que te hace feliz, solo incorporar lo que es bueno para ti. Y lo creas o no, el yoga es muy bueno para ti. Dame una oportunidad de demostrártelo.

A mí me ha ayudado a estar más sano, física y psicológicamente; más ágil y más fuerte. Las asanas o posturas sirven no como fin, sino como medio precisamente para ir más allá del cuerpo. Practicando yoga en su sentido más amplio experimentarás que no eres un cuerpo, que somos un potencial mucho más grande de lo que se percibe.

El yoga también me ha hecho más sensible, más amoroso y más comprensivo con todo y con todos; me ha empujado a abrir mi mente y mi corazón. Y eso es lo que quiero compartir con mis alumnos. Quiero que sientan; quiero que aprendan a celebrar las emociones positivas y aceptar las negativas.
Ese es el camino por el que transito y en el que me gustaría que me acompañaras.
Namasté.

 

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